Reconociendo
al Otro: una mirada naval al pueblo mapuche.
(Publicado en la Revista de Marina
Edición Nº 6/ 2014)
Introducción
La situación que se vive en la región de la
Araucanía adquiere cada día más protagonismo en los medios de comunicación,
fundamentalmente por los frecuentes hechos de violencia que suceden con una periodicidad
indeseada. No es una situación nueva. En las últimas décadas se han intentado
variados esfuerzos para encontrar soluciones a las disímiles y variadas
demandas que hacen los pobladores de esa región, problemas cuyos orígenes bien
se pueden encontrar en la época colonial de nuestro país.
No es el propósito de este
trabajo describir o analizar los temas que son fuentes de conflicto, sus
orígenes, y menos proponer soluciones. La intención es rescatar y dar a conocer
los vínculos que han existido entre una de las Instituciones de la Defensa
Nacional, como es la Armada, con el pueblo mapuche.
A primera vista, pareciera ser que esa
relación no fuera posible, en atención al quehacer ligado al mar que identifica
a la Institución Naval, enfrentado al territorio de la Araucanía que, además de
ser eminentemente agrícola, forestal y ganadero, no posee en su costa puertos significativos
o apropiados capaces de recibir naves de tonelaje superior al de un pesquero
mediano. Agreguemos que el pueblo mapuche no ha sido un pueblo vinculado al
mar, a excepción de un grupo de ellos, los lafkenches, que ha dedicado parte de
su actividad de sustento a la recolección de algas y especies marinas, pero
siempre en y desde la costa.
En relación al título de
este trabajo, es necesario especificar el vocablo “Otro”. En efecto, “El Otro y
lo Otro” son términos usados en las Ciencias Sociales para señalar la
alteridad, diferencia, o no pertenencia. Su significado tiene diversas
interpretaciones, según sea la perspectiva o el ámbito del conocimiento en que
se utiliza. Se relaciona con la identidad de la persona, pudiéndose hacer
extensivo a una comunidad, sociedad o país. Los términos provienen del
psicoanálisis y han sido adoptados, entre otras disciplinas, por la filosofía y
la antropología. Para efectos de este trabajo, se considerará al “Otro” y “lo
Otro”, como todo aquello que “yo no soy”, “no me identifico” o “no pertenezco”.
Un
reconocimiento histórico
Pese
la escasa vinculación del territorio de la Araucanía con la Armada, la historia
registra una significativa presencia mapuche en la denominación de unidades navales,
tanto de combate como auxiliares. Esa presencia se remonta a la primera unidad
de guerra que integró la lista naval, cuando en 1818, José Alvarez Condarco compra la fragata “Windham” y
se le denomina “Lautaro”. Desde ese entonces, han sido numerosos los buques que
han surcado el litoral chileno llevando los nombres que recuerdan a
distinguidos integrantes de la etnia mapuche, tales como Galvarino, Caupolicán,
Tucapel, Janequeo, Elicura, Orompello, Leucotón y Lientur. Especial mención se
debe hacer a los submarinos clase “H”, Guale, Rucumilla, Guacolda, Tegualda,
Fresia y Quidora, todos nombres de mujeres araucanas, y algunos de ellos
legados a las Lanchas Torpederas que por más de 30 años, defendieron la
soberanía chilena en el canal Beagle y aguas adyacentes.

Torpedera Fresia
En este último caso, los nombres no fueron adjudicados por casualidad:
representaban un espíritu que era necesario recordar, hacer propio y proyectar
a los posibles adversarios de ese entonces.
Muchos fueron los marinos que sirvieron a bordo de las Torpederas Guacolda,
Fresia, Quidora y Tegualda, y con orgullo lucieron la insignia que los
identificaba como “torpederos” miembros
de esa Fuerza que era, precisamente, un torpedo cruzado por cuatro lanzas
mapuches.
En el contexto anterior, el nombre “Araucano” siempre lo ha ostentado una
de las más significativas unidades de la Armada de Chile. La primera que portó
ese nombre fue un bergantín español capturado en 1817. La segunda unidad con
ese nombre formó parte de la Primera Escuadra Nacional, e integró la Expedición
Libertadora del Perú. Quien porta ese
nombre en la actualidad es un petrolero de Escuadra, una de las unidades de
mayor tonelaje en servicio. Anteriormente, fue otro petrolero y un buque madre
de submarinos, ambos de dilatado servicio en la Institución.

BMS Araucano
Desde el punto de vista de la etnología, el bautizar a las unidades de la
Armada con nombres mapuches constituye una “apropiación cultural”, por cuanto
se pretende proyectar una determinada característica, en este caso la de una
etnia, a la dotación de una unidad naval conformada por personas no
pertenecientes en su totalidad, al grupo aludido.
En efecto; la gallardía, soberbia, belicosidad y el espíritu indómito del
pueblo mapuche ha sido reconocido desde larga data, cantado por Alonso de Ercilla
en su poema épico “La Araucana”, y adoptado como modelo e inspiración
formativo. Una prueba de ello es la denominación del trofeo “Caupolicán”, que tanto
en la Escuela Naval como en la Escuela de Grumetes y en el Buque Escuela
Esmeralda, era otorgado al grupo que más se destacaba en deportes. Dicha denominación,
que recuerda a un destacado cacique araucano, es una manera de reconocer a una cultura,
que, como se ha visto, no es ajena a la institución naval.
Siempre en el ámbito formativo, en las primeras etapas de la instrucción
básica que se daba a quienes se incorporaban a la Armada, se exigía conocer el
nombre de las unidades navales y sus características, lo que implícitamente
llevaba la obligación de conocer los hechos al que estaban asociados, por lo
que las hazañas y cualidades de los personajes históricos mapuches han formado
parte, desde temprana edad, del acervo cultural de todos los marinos chilenos.
El personal mapuche en la Armada
Otro aspecto de singular
importancia, es la presencia de personal de origen mapuche en la filas de la
Armada. Esta situación no deja de ser interesante y es extensiva a toda etnia
reconocida por el Estado chileno (1), por cuanto revela un hecho que, desde el
punto de vista de la integración, es destacable, mientras que desde una visión
cultural no lo es, aún cuando esta última tiene una explicación considerando
los procesos de formación militar.
Analizando el tema de la integración, en la Institución Naval el origen
étnico de una persona nunca fue un foco de preocupación particular, lo que
indica que pasaban a conformar la dotación de los buques y establecimientos de
la Institución independientemente de su apellido, lugar de origen u otra
caracterización.
Ocasionalmente, a lo más interesaba el lugar de origen, pero con el
propósito de eximirlo de guardia o dejarlo con días libres cuando el buque
recalaba a un puerto próximo a su hogar. Era el típico caso de los “chilotes” y
era mejor aún si el buque permanecía algunos días, ya que las atenciones de la
familia y amistades se hacían extensivas a parte de la dotación.
Siempre desde el punto de vista de la integración, llama la atención,
positivamente, que no se llevaba registro ni dato estadístico alguno del origen
geográfico, o de la etnia de las dotaciones en las Unidades o Reparticiones. Definitivamente,
nunca fue un tema de preocupación. La única referencia puntual y circunstancial
del origen geográfico de una determinada persona y que no se asimilaba a su
origen étnico, era por actuaciones, tanto positivas como negativas, hecho
aplicable a todos los integrantes de una dotación. Las referencias eran
alusivas a “que es del campo”, “iquiqueño” “huaso”, “chilote”, “mapuche”
“chumango”, “paitoco”, “alemanote”, etc. Lo anterior era válido tanto para los
Oficiales como para el personal de Gente de Mar.
Lo ya aseverado, como se indicó,
revela una falta de interés por los aspectos culturales de las etnias
originarias en nuestro país, posición y actitud que es común a la gran mayoría
de la población chilena, que incluye el desinterés de una etnia por la otra.
Razones pueden haber muchas, comenzando por la permanente mirada que se ha
tenido hacia la cultura y modelos provenientes de Europa y Norteamérica, a lo
que podemos agregar, entre otros motivos, el esplendor de otras culturas
americanas, expresado en construcciones y monumentos que han sobrevivido al
paso del tiempo y han sido reconocidos mundialmente. De las etnias originarias
chilenas, la cultura rapanui, es la excepción.
En relación a los mapuches, comenzando por Alonso de Ercilla y los trabajos
posteriores efectuados por investigadores, artistas e historiadores, para
destacar la totalidad de las cualidades y características que son propias a esa
cultura, no han sido masivamente difundidos ni reconocidos, pero aquellas que
demostraron en su lucha contra el dominio español, tales como la gallardía,
soberbia, belicosidad, espíritu indómito y otras por las cuales muchos chilenos
se identifican con orgullo, no son menores, y han contribuido a forjar la
identidad nacional.
Sin duda que hay otras expresiones, tales como la música, espiritualidad,
medicina y una cosmovisión mapuche, que ameritan ser conocidas y “reconocidas”.
Recién en estos últimos años han aparecido publicaciones que dan cuenta de aspectos
de la cultura aludida, que no se ha divulgado en forma masiva y que, de haberse
hecho, muchos problemas actuales habrían sido ya superados. Si no se hizo en su
oportunidad, es una responsabilidad que recae tanto en los poseedores de esa
cultura que no supieron o no pudieron divulgarla, como en quienes debimos
interesarnos en ella. Razones para lo uno o lo otro pueden haber muchas, pero
pertenecen al pasado, lo que no significa que se enmiende lo que en su
oportunidad no se hizo o se ignoró.

Patrullero Lautaro
El Otro en el proceso de la formación naval-militar
Anteriormente se mencionó que el origen o la etnia de una persona nunca fue
foco de atención en la Institución. En efecto, desde el ingreso de una persona
a una Escuela Matriz y durante toda su formación inicial militar básica, que
dura del orden de tres meses, para los Instructores, aparentemente, “El Otro”,
es decir la identidad del instruido, no tiene ninguna importancia. Origen,
etnia, nombre u otra característica propia, pasaban a un segundo plano frente a
la necesidad de conseguir que un grupo de personas sin muchas cosas en común,
se identificaran y agruparan en torno a la identidad (“ethos”) institucional.
A lo anterior se debe agregar que la formación militar se lleva a cabo en torno
a dos conceptos rectores: el espíritu de sacrificio y el de servicio a la
Patria. En toda actividad, ambos conceptos, en particular el segundo nombrado,
conllevan el supeditar el interés individual al interés colectivo o de “El
Otro”, lo que implícitamente contribuye a “despersonalizar” los actos
ejecutados.
Nombres, fenotipos, origen, u otra característica personal, no tienen mayor
importancia frente a los logros o fracasos de una escuadra, sección, compañía,
repartición o unidad. De esa manera, las capacidades, falencias, cualidades y
defectos individuales se potenciaban o se disminuían en un proceso que, sin
duda, tenía como resultado una homogenización que implicaba el crecimiento y
desarrollo de cada individuo al nutrirse, por imitación u obligación, de los
aspectos positivos de “El Otro”, al mismo tiempo que tendía a modificar o
eliminar conductas no coherentes o inaceptables en la Institución.
La cultura mapuche y la identidad nacional.
La conformación de la población chilena, al igual que la mayoría, sino
todos los países del Nuevo Mundo, presenta la característica de la fusión de
pueblos nativos u originarios, con inmigraciones provenientes mayoritariamente
de Europa y del Medio Oriente. Sin duda que en Chile la más importante fue la
española, que con su presencia dominó el escenario hasta mediados del siglo
XIX, para posteriormente incorporarse al desarrollo de la Nación, entre otros,
ciudadanos alemanes, ingleses, franceses, croatas, italianos y palestinos,
todos ellos contribuyendo con su cultura, tecnología y conocimientos.
Es innegable que la cultura europea, apoyada en sus conocimientos
científicos y tecnológicos, se impuso como modelo preponderante frente a los
procedimientos “arcaicos y primitivos” de los pueblos originarios. Lo anterior,
unido a un proceso de evangelización que no admitía “competencia”, contribuyó a
ignorar y desconocer la concepción que tiene el pueblo mapuche del Universo, de
la naturaleza, y las fuerzas que la controlan, además del lugar que le
corresponde y ocupa el ser humano en la creación.
Posiblemente lo expresado en el párrafo anterior permite dar una clave para
entender las demandas de una parte del pueblo mapuche ya que, como lo expresa
Díaz Fernández: “Mientras menos se conoce a una persona o
a un grupo humano con el cual se convive, mayores son los prejuicios que sobre
ellos se pueden concebir y mayor es la violencia que se puede desatar. Negarse
a conocer al Otro, su vida, sus intereses, sus esperanzas, es negarse a
reconocer su dignidad y sus derechos como persona o como comunidad humana”. (Obra citada en la bibliografía, página
15).
Se desconoce con precisión
desde cuando el pueblo mapuche habita en el continente sudamericano pero, sin
duda, es muy anterior a la llegada del conquistador e inmigrante europeo. El
contacto íntimo con el entorno en donde desarrolló su vida, la observación de
los fenómenos naturales y sus hábitos de subsistencia, generaron una
cosmovisión que se manifiesta en su profundo conocimiento de la tierra, de la flora
y fauna, en sus costumbres y tradiciones, que difieren de las correspondientes
a las culturas provenientes del Viejo Mundo.
Estas diferencias son
múltiples y quizás la que mejor las grafica, es el hecho que “mientras el
europeo modifica y adapta el entorno natural a sus necesidades”, el mapuche “se
adapta a él”. Evidencia de esta realidad, es la reiterada observación que se
hace en el sentido que “las tierras que ocupan los mapuches no son explotadas
eficientemente”. Un enfoque productivo enfrentado a uno de subsistencia.
Resulta útil destacar que el
término “mapuche” identifica en forma genérica a cinco grupos diferenciados
según el territorio que ocupan: los lafkenches (gente del mar), williches
(gente del sur), los pewenches (gente del “pewen”, ubicados al este), los pikunches
(gente del norte), y los mapuches, el grupo central y más numeroso. Entre ellos
existen sutiles diferencias en hábitos y costumbres que son consecuencia del
entorno en donde viven, que refrenda su adaptación al medio.
Pese a la centenaria actividad
evangelizadora de la Iglesia, la presencia de larga data de inmigrantes de
origen europeo en la región de la Araucanía, y la asimilación de una gran parte
de la población de origen mapuche a las normas, costumbres y tradiciones que
identifican a los chilenos, persiste con fuerza una identidad propia del pueblo
mapuche que se manifiesta en rituales y ceremonias que reflejan una cosmovisión
que liga indisolublemente al hombre con medio ambiente, haciéndolo parte de él.
Definitivamente es una visión diferente, y única.
Díaz Fernández, en su obra
ya referida, expresa: “El contraste se
produce al participar de los ritos sagrados mapuche. Allí se toma conciencia de
que se está en un escenario absolutamente diferente. Para participar hay que
ser convidado. Existen claras barreras históricas y culturales que sólo se
cruzan a partir del establecimiento de relaciones personales con miembros de
las comunidades. En general los ritos se celebran sólo entre mapuche”. (Página
10)(2)

Petrolero Araucano
Conclusiones
El
vínculo de la Armada con el pueblo mapuche se remonta al origen mismo de la
Institución, en la forma de reconocimiento a cualidades y características
propias de esa etnia, cuyos personajes históricos han dado el nombre a
numerosas unidades navales y han sido modelo formativo para los marinos
chilenos por casi doscientos años.
En la Armada de Chile, la
integración y participación de ciudadanos de origen mapuche es de larga data. No
existen datos estadísticos de su grado de presencia o desempeño en la Institución,
reflejando que el origen étnico no ha sido un factor a considerar en actividad
alguna. Se estima que la ausencia de una norma en ese sentido ha sido
absolutamente positiva, y que debería continuar así.
Al igual que la gran mayoría
de la población chilena, entre los miembros de la Armada no ha existido mayor
interés por las culturas originarias del país.
El pueblo mapuche posee una
cosmovisión propia fundada en su profundo conocimiento del medio ambiente en
que vive. Su vinculación con la tierra obedece a una concepción que integra al
hombre y a los elementos en un mismo nivel de importancia.
La identidad chilena se
vería fortalecida y enriquecida con la incorporación y difusión de la cultura
de los pueblos originarios, en particular el mapuche, toda vez que
contribuirían, entre otros aspectos, a un mayor conocimiento y utilización de
las especies autóctonas, del medio ambiente y de la particular visión del Universo
desde nuestra austral posición geográfica.
Notas
(1) El Estado de
Chile reconoce ocho etnias originarias: aimara, rapanui, kawashkar, atacameña,
colla, quechua, yagán y mapuche.
(2) El autor tuvo la oportunidad de vivir esa experiencia. Jorge Lautaro Huilcaleo, distinguido Suboficial
Mayor de la Armada, especialista en Artillería y de legendaria trayectoria como
Apuntador de Misiles antiaéreos Seacat, tuvo la gentileza de invitarlo a
Rucayeco, localidad próxima a Lumaco, y
participar en el “lakutun” de su nieto Leftxarhu (Lautaro) Kim, ceremonia
en la que el abuelo le traspasa el nombre, dotándolo y fortaleciéndolo
espiritualmente.
Bibliografía.
1.- Díaz Fernández
José Fernando. Misión y pueblo mapuche. Lectura crítica desde un horizonte no
sacrificial. Ediciones Universidad Católica de Temuco. 1ª Edición
Diciembre 2012
2.- Grebe Vicuña María
Ester. Culturas indígenas de Chile. Pehuén Editores. Quinta Edición.
Santiago. Marzo 2010
3.- Pozo Gabriel y
Margarita Caneo. Wenumapu. Astronomía y cosmología mapuche. Santiago. Ocho
Libros Editores. 2014 1ª Edición.
4.- Vio Valdivieso
Horacio. Manual de Historia Naval de Chile. Imprenta de la Armada.
Valparaíso. 1972
Daniel Arellano Walbaum
Magíster en Etnopsicología PUCV