Mi
deuda con Berlín
Dedicado
a Peter Fechter.
Durante
muchos años y por razones que no encontraba explicación alguna, sentí tener una
deuda con Berlín, específicamente con lo que fue Berlín Oriental. Una fuerza,
de origen desconocido, me impulsaba a ir a esa parte de la legendaria e
histórica ciudad alemana, pero no lograba encontrar la motivación de ella.
El
año 1982, mientras estudiaba en Besançon, Francia, se presentó la oportunidad
de ir, pero las condiciones políticas del momento y la situación en que me
encontraba no eran las más propicias. En ese entonces, el Gobierno de Francia
era de ideología socialista, con François Mitterand como Presidente y en
consecuencia afín con el régimen de la República Democrática Alemana (RDA);
Chile estaba bajo el Gobierno Militar; Alemania estaba dividida y con el Muro
de Berlín plenamente vigente, y en Alemania Oriental se encontraban numerosos
chilenos en condición de refugiados políticos y opositores al Gobierno Chileno
y a las Fuerzas Armadas, a lo que se agregaba mi condición de Oficial de la
Armada de Chile sirviendo en la Marina Francesa. Planteada la intención de cruzar
el Muro e ir a Berlín Oriental a mis compañeros de curso alemanes, todos
coincidieron que no era una buena idea. La prudencia primó por sobre el desconocido
impulso que dirigía mi atención a la emblemática ciudad alemana.
Más de 30 años transcurrieron hasta que nuevamente se me presentó
la oportunidad de ir a Berlín. Las condiciones políticas eran totalmente
diferentes: Alemania se había unificado nuevamente y el Muro había sido
derribado, pero mi deuda con la ciudad se mantenía. En el momento de considerar
el lugar de hospedaje, no hubo duda en elegir un hotel próximo a la
Alexanderplatz, que era el corazón y punto de reunión social de Berlín
Oriental. Definitivamente, una fuerza me dirigía hacia lo que había sido un
importante polo en la vida de la ex República Democrática Alemana. Con el afán
de identificar esa fuerza, no había otra cosa que hacer que recorrer la ciudad
y visitar aquellos lugares que intuitivamente llamaran la atención.
La actual capital de Alemania ofrece muchísimas interesantes
y variadas atracciones. Por destacar algunas, se debe comenzar por la conocida “Isla
de los Museos” en donde es posible apreciar el impresionante “Altar de
Pergamon” o admirar la belleza de Nefertiti; la Columna de la Victoria,
custodiada por el Canciller Bismarck y los Generales Von Moltke y Roon; la
Puerta de Brandemburgo, en donde todavía es posible apreciar por donde se
extendía el Muro que dividió la ciudad; grandes edificios públicos e iglesias
que sobrevivieron a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y otros que
conservan sus heridas; sectores que recuerdan la gloria del pasado como
Charlottenburg y Potsdam, a lo que se agregan testimonios de lugares históricos
más recientes como son el Check Point Charlie y el Museo de la RDA.
Recordemos
que con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, Alemania fue dividida por
las potencias aliadas en cuatro sectores: Británico, Estadounidense, Francés y
Soviético. Lo mismo sucedió con Berlín, donde cada potencia ejercía el control
y dominio en el área que le correspondía. Al poco tiempo comenzaron a surgir
las diferencias ideológicas debido a la conducción de la sociedad, destacándose
la postura soviética, abiertamente opuesta a las libertades que regían en los
sectores supervisados por las otras potencias ya nombradas. Se establecieron
controles a las personas y a su desplazamiento, hasta culminar con la
construcción del tristemente célebre Muro de Berlín.
Check
Point Charlie atraía mi atención, seguramente por ser el lugar por donde se
cruzaba el Muro y se pasaba de Berlín Occidental a Berlín Oriental y viceversa.
En ese lugar ocurrieron muchos y graves incidentes. Este control, que apareció
en muchas películas y noticieros de las décadas de los años 60, 70 y 80, fue un
símbolo de la Guerra Fría y era el pasaje que comunicaba sociedades ideológicamente
antagónicas.
Era la “ventana” que permitía soñar con el encuentro entre
familias, abuelos, padres e hijos, seres humanos todos, que habían sido
separados artificialmente por un muro “protector”. Efectivamente, el Muro de
Berlín fue construido por las autoridades socialistas de la República
Democrática Alemana con el propósito de “asegurar la paz”, pero la realidad
indicaba que el verdadero motivo era impedir la huída de alemanes desde el
sector soviético. Desde 1949 a 1960 huyeron a occidente 2.460.000 personas.
Sólo en julio de 1961 hubo 30.400 refugiados.
En
la actualidad es muy poco lo que queda del puesto “Check Point Charlie”. En sus
proximidades, una exposición de fotografías muestra la realidad de la época: la
huída, la separación de las familias y las personas abatidas en su intento por
alcanzar la libertad, asesinadas por las fuerzas de seguridad de la República
Democrática Alemana. Recorrer la exposición es impactante. Muestra las
diferentes etapas de la construcción del Muro, las personas que lograron huir y
aquellos que fallecieron en el intento. Hay dos fotos emblemáticas: la primera
es la de un soldado, Hans Conrad Shumann, que en 1961, siendo de las Fuerzas de
Seguridad de la RDA, escapó a Berlín Occidental.
Hans
Conrad Shumann, de las Fuerzas de Seguridad de la República Democrática
Alemana, salta las alambradas y huye a occidente. Es una de las fotos más
emblemáticas de la Guerra Fría, el enfrentamiento ideológico entre Estados
Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La
segunda foto, de un dramatismo impactante, es la de Peter Fechter, un albañil de
18 años. El 17 de agosto de 1962, Fechter intentó huir y recibió varios disparos
de las Fuerzas de Seguridad de Berlín Oriental, muriendo desangrado al pie del
muro, en la Zimmerstrasse.
Peter Fechter se desangra impactado por
las balas de los guardias de Seguridad de la República Democrática Alemana
Desde
la construcción del Muro en 1961 y hasta su destrucción, en 1998, en la
frontera interior alemana hubo un total de 265 víctimas, más de 100 de ellas
por intentos de fuga en la frontera berlinesa.
Sobrecogido
por las impactantes imágenes y el respetuoso silencio de los asistentes, decidí
recorrer la exposición por segunda vez. Observando una de las primeras fotografías,
pude relacionar y entender el origen de mi deuda con Berlín. La escena mostraba
la huida de 57 personas el 5 de octubre de 1964 a través de un túnel en la
Bernauer Strasse. Esa misma escena la había visto en el cine 50 años atrás. En efecto;
durante la década de los años 60, una importante actividad recreativa constituía
ir al “teatro” (cine en la actualidad) a la función de la “matiné”. Previo al
inicio de la película se exhibía el noticero “UFO, El mundo al instante”, que
mostraba actividades en diferentes partes del planeta. A los 13 años, la escena
de la huída, la construcción del muro y las desgarradoras escenas de familias
separadas, sin duda me tienen que haber impresionado mucho, quedando grabadas
en mi inconsciente, encapsuladas, al ser incapaz de encontrar explicación para
tamaña barbaridad humana.
Abandoné
el sector del Check Point Charlie y decidí caminar al museo de la ex República
Democrática Alemana, para ver el “paraíso” que tanto resguardaban y protegían
con El Muro de Berlín. Nada de la “maravillosa sociedad” que tenían, me
impresionó. Lo que más me llamó la atención era el estrecho control y
vigilancia de las personas ejercido por la Policía Secreta, la tristemente
famosa STASI, los privilegios que tenían los miembros del partido gobernante y
el dogmatismo y concientización a través de la educación. Como curiosidad, debo
mencionar que en la exposición se destacaba la práctica del nudismo llevada a
cabo por los habitantes de la Alemania Oriental, que más que un estilo de vida,
fue una manera de protestar ante la restricción a las libertades impuestas por
el gobierno socialista de la época.
No
fue una tarde feliz y en el camino de regreso al hotel, sorpresivamente me
encontré con dos estatuas negras, rodeadas de una suerte de muros que me
causaron una primera impresión de corresponder a cuerpos humanos mutilados: eran
las estatuas Marx y Engels.
Me senté a meditar sobre lo que había visto en Check
Point Charlie, el Museo de la RDA y mis recuerdos de infancia, pero por sobre
todo, los trágicos acontecimientos vividos en Chile, como consecuencia del
intento de imponer la ideología marxista durante las décadas de los años 60 y
70, practicando “ingeniería humana”, con la idea de crear un “hombre nuevo”
intentando destruir o cambiar a la naturaleza humana. Doctrinas políticas y
construcciones culturales basadas en teorías inspiradas en idealismos utópicos,
surgidos en las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del siglo XX, dieron
cabida a asesinatos masivos, rupturas familiares, hambrunas y destrucción
psicológica de miles de personas. Las consecuencias de esos profundos traumas
aún se dejan sentir en muchas sociedades, incluyendo la chilena. Tanto Marx
como Engels tuvieron, tienen y tendrán siempre una cuota de responsabilidad en
ello.
En los 45 minutos que estuve contemplando las estatuas, a
excepción de un ciclista que se detuvo un par de segundos a arreglar su casco,
nadie más pasó frente a este triste y obscuro monumento. Al parecer, estos dos
personajes están destinados a permanecer solos, rodeados por esos bloques de
cemento que dan la impresión de mostrar cuerpos humanos mutilados, cortados,
separados y despedazados, que simbólicamente dejan en evidencia las
consecuencias de su pensamiento y de su obra.
Cancelar mi deuda con Berlín no estaría del todo saldada
sin dejar de mencionar que no deja de sorprenderme el constatar que en nuestro
país, aún existan personas que practican y defienden ideologías totalitarias.
Al parecer, la dramática realidad que se expone en el Muro de Berlín y que ha
sido difundida en el mundo entero, no ha sido suficiente como para aprender la
lección y entender que el libre albedrío es propio de la naturaleza humana, y
que esta tiene miles de años de evolución, por lo que todo intento de alterarla
artificialmente está destinado al más rotundo fracaso.
No estoy completamente convencido de haber cancelado mi
deuda con Berlín, pero si estoy seguro que mi compromiso con la vida, la
libertad y la dignidad del ser humano, es y será eterno. Mi visita a Berlín me
lo recordará permanentemente.


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