Autoridad, poder, reconocimiento y subjetivación. Una
visión occidental. Ponencia en el Tercer
Congreso Latinoamericano de Antropología ALA 2012. Santiago de Chile, 5 al 10
de noviembre 2012.
Introducción
Crisis
de autoridad. Con frecuencia se alude a esa expresión para explicar fenómenos
sociales actuales, normalmente de carácter violento.
Sin embargo, en la sociedad occidental,
el concepto de autoridad ha sido ejercido por siglos y con atribuciones generalmente
bien definidas, resultando confuso e incoherente aferrarse a una explicación
basada en una “crisis de autoridad”.
La “autoridad” se vincula al
concepto de “poder”, abriendo un espacio de discusión sobre los alcances y
efectos que lo que significa “tener poder”. Por otro lado, normalmente se omite
mencionar una condición fundamental relacionada con la autoridad, que es la
“sumisión”, voluntaria o involuntaria a ella. Esto último introduce una nueva
variable en la relación “autoridad” y “sumisión”, que es el grado de
“reconocimiento” que los individuos tengan respecto a la autoridad.
La
argumentación filosófica en relación al poder y autoridad es de larga data y es
posible citar posturas de numerosos pensadores que se han referido al tema. Sin
embargo, a fines del siglo 19, con las teorías formuladas por Darwin y aquellas
relacionadas con el inconsciente divulgadas por Freud, se introducen en la
discusión elementos que cuestionan los planteamientos aceptados hasta ese
momento, añadiendo la dimensión psíquica a la discusión.
La
presente ponencia versará sobre la relación entre autoridad, poder,
reconocimiento y sumisión, señalando algunas definiciones, para continuar con
un análisis del poder, relacionándolo con el reconocimiento que el individuo o
la comunidad pueden tener hacia él. Seguidamente se mencionarán algunos
factores de la sociedad occidental actual que influyen en el ejercicio de la
autoridad, para finalizar con los vínculos autoridad-sumisión que surgen desde
el ámbito psíquico de las personas.
Autoridad
y poder. Definiciones.
El
diccionario de la Real Academia Española
(1) señala que la palabra “autoridad” proviene del latín y contiene cuatro
acepciones relacionadas al tema que nos ocupa (2).
En
su obra “Autoridad”, Preterossi (3) hace un detallado análisis del término “auctoritas”,
del cual se puede concluir que la definición de autoridad estaría bastante
depurada respecto a su significado original, limitándose, en la actualidad, a
términos que la identifican con “poder”, “potestad”, “legitimidad”, “prestigio”
y “crédito”.
En
cuanto al “poder”, conforme al Diccionario ya citado,
está definido en términos de “fuerza”, “capacidad” y “poderío”. Este, para que
actúe como tal, tiene necesariamente que ser aplicado sobre individuos, y en
forma específica sobre su voluntad, buscando el sometimiento, sea en forma
voluntaria o involuntaria, dependiendo ello del reconocimiento que el individuo
haga del poder que se le intenta imponer. En ese contexto, es posible
identificar dos fuentes básicas de poder: el que surge en el ámbito místico o
espiritual, y el correspondiente a la fuerza.
El poder espiritual requiere del
reconocimiento del individuo sometido hacia quien lo impone. Este poder puede
ser negado en cualquier momento, si el afectado se desentiende o rechaza las
motivaciones mediante las cuales aceptó someterse. Estas motivaciones están
normalmente asociadas con recompensas o castigos que ocurrirían después de la
muerte y por lo tanto, imposibles de comprobar.
En
relación al poder basado en la fuerza, no es necesario, para quien lo ejerce, ser
reconocido por parte de
quien es sometido.
Ante la negativa de ser aceptado, sencillamente se le impone, pudiéndose utilizar la
fuerza en sus diversos grados de manifestación.
En la sociedad
occidental se hace referencia a otros “poderes”, tales como el económico, moral
y fáctico, además de aquellos propios de la organización del Estado: el ejecutivo,
legislativo y judicial. Sin embargo, todos ellos están sujetos al reconocimiento y aceptación por parte del
individuo “sometido”, y en el caso de los poderes del Estado, ellos se
constituyen como tales sólo por tener como respaldo medidas coercitivas
basadas, en último término, en la fuerza. Sin ella no tienen posibilidad de
subsistir. Especial mención se debe hacer del poder denominado “fáctico”, que es
el ejercido en virtud de
la capacidad de influencia y vinculaciones que se posean. (4)
Por lo anterior, se puede postular
que tanto la espiritualidad como la fuerza son los únicos “poderes” realmente
efectivos, y sobre todo esta última, por cuanto no requiere reconocimiento del
sujeto objeto de ella. Ambos actúan sobre la voluntad de los individuos,
buscando doblegarla.
La historia y la realidad permiten
vislumbrar un tercer tipo de poder “originario”, que también actúa sobre la
voluntad de los individuos. Se trataría de un poder más restringido en su
alcance, pero igualmente efectivo, consecuencia de un impulso amoroso, al cual
se apela para conseguir un determinado propósito o efecto. Sin ser espiritual
ni basado en la fuerza, este impulso, presente en la relación entre un hombre y
una mujer, o entre padres e hijos, es una fuente de poder que doblega
voluntades. En palabras de Freud sería el amor sensual en el primer caso y el amor
de fin inhibido en el segundo (5).
Bases
del poder. Las masas homogéneas
El ejercicio
de la autoridad requiere de un poder que la respalde para que esta sea efectiva
y pueda imponer las normas que dicha autoridad debe hacer cumplir.
Sin
olvidar al amor de meta inhibida y al sensual como orígenes de poder,
prevalecen como fuentes principales de él, aquellos basados en la fuerza física
y los propios del ámbito místico, relacionados a lo espiritual. La primera, la
fuerza, es propia de la organización política de una sociedad, siendo
materializada por una estructura de tipo castrense, que mediante la posesión de
armas y la facultad del empleo de ellas, proporciona al conductor político el
respaldo necesario para el ejercicio de su función. En las sociedades
organizadas, este poder usualmente es de tipo monopólico, además de constituir
y representar a la violencia legítima.
En
el caso del poder asociado al orden espiritual, este se fundamenta en conceptos
abstractos, generalmente formalizados por representaciones rituales. El “poder
espiritual” es un poder que actúa en la psiquis del individuo y normalmente
busca un alcance universal.
Las
dos fuentes de poder ya individualizadas, la fuerza física y el espiritual, son
propios de organizaciones que Le Bon, en su obra “The Crowd”, (6) denomina como “masas homogéneas”, clasificación en
la que están insertas las estructuras militares y sacerdotales.
Freud, en su obra “Psicología de las masas y análisis del yo”,
(7) recurre a la obra de Le Bon
ya citada, y se pronuncia con detalle respecto a las características de estas
masas homogéneas, analizando su orden y conformación, pero por sobre todo, los
lazos libidinales que le dan la cohesión y su efectividad para actuar como
grupo.
Conforme a Le Bon, las
organizaciones políticas poseen una estructura más básica que las castrenses y
sacerdotales, permitiendo aventurar el origen de la tendencia de lo político
a apropiarse o controlar a lo militar, y la pugna existente entre la Iglesia
y Estado, tema que provocó y aún provoca en algunas naciones, la discusión respecto
a la separación de ambos estamentos.
La experiencia
histórica de partidos políticos, que han creado organizaciones para obtener el
poder de la fuerza o el espiritual, no ha sido buena. Por mencionar un ejemplo,
el nacional socialismo alemán, que logró armar una organización paramilitar motivada por
construcciones culturales de orden étnico, basadas en interpretaciones
antojadizas de la mitología e historia de los antiguos pueblos germanos, como
lo describe Pringle, en su obra El plan
maestro (8).
La estructura que
detenta la fuerza, el único poder que no requiere el reconocimiento del Otro,
necesariamente debe poseer una organización jerárquica con un “ethos” que contenga las acciones de los
individuos que la integran, sea conformada por miembros rigurosamente
seleccionados, adoctrinados y entrenados y adicionalmente, cuente con métodos
eficaces que permitan el estricto cumplimiento y control de la legalidad a la
que está sometida, única manera de asegurar el correcto empleo de la violencia
legítima, que requiere y demanda la sociedad.
Algunos
factores que afectan el ejercicio de la autoridad.
Salazar, en su ensayo Sicarios. Una
mirada a las violencias colombianas, (9) señala factores que dicen relación
con la presencia y el ejercicio de la autoridad frente a la violencia.
Uno de ellos es la conformación del Estado-Nación. La autoridad de un
gobierno descansa en el ejemplo que
proyecta y fundamentalmente, en el apego a las normas
que debe hacer cumplir. En la medida que la percepción ciudadana es negativa
respecto a lo anterior, la autoridad se debilita y con ello se promueve al
desorden.
Un segundo factor lo constituye la pérdida del control religioso. En la
sociedad occidental, la Iglesia Romana fue un factor determinante en la
formación moral de la sociedad, imponiendo normas y conductas que regulaban el
comportamiento social, incluso en Estados no confesionales. Por medidas que degradaron
la componente “espiritual y mística” de la Fe, amplios sectores de la población
abandonaron su religiosidad o migraron hacia otras confesiones, que no contaban
con una doctrina u organización consolidada como la Iglesia de Roma.
Como un tercer factor está la perversión de la
política y de
los partidos, que como medios de
expresión ciudadana, han perdido su credibilidad y prestigio. El estamento
político impone el discurso “políticamente correcto” por
sobre lo que dicta el sentido común,
tergiversando la realidad y creando ficciones que a veces insultan al
intelecto. En la medida en que la participación ciudadana a través de los partidos
políticos no es eficaz, la institucionalidad de una nación se debilita, hecho
que afecta directamente al ejercicio de la autoridad.
Otro factor que incide negativamente en el rol de la autoridad, es la
presencia de organizaciones ilegales, generalmente vinculadas con actividades
de muy alta rentabilidad monetaria. Entre ellas se destaca el narcotráfico, que
tiene alcances delictivos, sociales, económicos y culturales. Su poder de
corrupción es en todas las direcciones posibles al interior de la sociedad, incluyendo
a quienes ejercen algún tipo de autoridad, haciendo difícil su y erradicación.
Un quinto factor es la pérdida de eficacia de las instituciones
socializadoras propias de Occidente, donde la difusión de la cultura se ha
hecho tradicionalmente mediante la familia, la iglesia y la escuela. En estas
tres instituciones observamos elementos comunes, tales como normas, conductas,
aporte al intelecto y autoridad.
Hannah Arendt y la
autoridad
Al referirse a la Autoridad no es posible dejar de
mencionar a Hannah Arendt, que en su ensayo ¿Qué
es Autoridad? (10),
sugiere preguntarse “que era” la
autoridad en lugar de “que es”, en atención a que considera que ha desaparecido
en el mundo moderno. Arendt agrega que, dado que la autoridad siempre demanda
obediencia, normalmente se confunde
con una forma de poder violento,
enfatizando que cuando
se emplea la
fuerza para lograr
la obediencia, significa que la
autoridad ha fallado. (11) Autoridad no es sinónimo de violencia.
Por otro lado, si se apela a la persuasión, ello implica
que no hay autoridad presente, por cuanto se trata de una relación entre
iguales, que no necesariamente culmina en un acuerdo o decisión. En el
ejercicio de la autoridad no hay argumentación.
De la autoridad se esperan decisiones y resoluciones, que
se materializan en determinados actos. En este contexto, Arendt sólo considera
como poder a la fuerza y su manifestación como violencia física.
Sin embargo, como se ha visto, hay otras fuentes de poder
propias del ser humano: la de orden místico o espiritual y la proveniente de
los sentimientos, en particular del amor. La autoridad se puede imponer sin
apelar a la violencia física. La presencia, una mirada, palabra, acción u
omisión, pueden tener el efecto necesario para imponer o rechazar el acto de un
sujeto que reconoce una jerarquía.
En el ensayo ya citado, Hannah Arendt asocia la pérdida de
la autoridad al olvido de la tradición, fundamentando esa postura en la renuncia
a la memoria, la que considera como medida de la profundidad de la existencia
humana. A lo anterior, agrega que la autoridad, basada en el pasado, dio al
mundo la permanencia y durabilidad que necesitan los humanos, precisamente
“porque son mortales y los seres más inestables e inútiles que se conocen”. (12)
Hannah Arendt, enfatiza la importancia de lo que denomina
la “trinidad romana”, compuesta por la religión, autoridad y tradición, atribuyéndole el soporte de
la evolución y desarrollo de la cultura cristiana-occidental, agregando que la
decadencia de Occidente, no es otra cosa que la declinación de la ya citada
“trinidad”, en la que la religión, ligaba el presente con el pasado; la
autoridad, que se nutría de la sabiduría de los ancestros, y la tradición, que
se encargaba de transmitirlo.
Quizás la respuesta a la “crisis de autoridad en Occidente”
está en redoblar los esfuerzos por intentar comprender la naturaleza humana
valorando el pasado, lo conocido, como cimiento del futuro. Para algunas
culturas, el pasado es lo que está al frente, lo que se ve, lo relevante, y el
futuro está por la espalda, fuera de la vista, lo incierto.
Naturaleza
humana y autoridad
Como se expuso,
el concepto de autoridad, está en términos de “poder” y con la participación de
un “dominante” y un “dominado”. La presencia de la autoridad, siempre implica
un grado de pérdida de libertad del individuo, que la acepta en cuanto sea
conveniente para sus intereses. La presencia de un “tercero”, representado por normas,
costumbres o leyes, resulta absolutamente necesaria para obligar a los
individuos a observar lo que entre ellos han pactado, y ese ordenamiento,
requiere de un poder que lo haga efectivo.
La medida en que esa autoridad y el
poder deben intervenir en la sociedad, está en un ámbito absolutamente
subjetivo y depende de la posición, sea individual, colectiva o que
artificialmente se imponga, frente al tema de la naturaleza humana, que ha sido
fuente de discusión y punto de partida del pensamiento de la gran mayoría de
los filósofos, con posturas que van desde que el hombre es intrínsecamente
bueno a exactamente lo contrario.
Simplificando el concepto, la
naturaleza humana sería el conjunto de características que los seres humanos
tienen en común. Históricamente se ha analizado el comportamiento humano en el
ámbito de sus relaciones con otros individuos, en el marco de eventos y
circunstancias del momento.
Consecuentemente,
no es posible construir una postura única que relacione naturaleza humana,
sociedad y autoridad. De hecho, cada individuo tiene su opinión al respecto,
normalmente cimentada en sus propias vivencias.
La
variabilidad de las posiciones no guarda relación con la cultura, sino que más
bien con la época y circunstancias. Por ello, parece de toda lógica, que el
estudio de la naturaleza humana se remita a experiencias originarias que sean
comunes a todos los hombres y en lo posible, alejadas de toda construcción
cultural.
Por lo expresado, cobran absoluta
validez las teorías freudianas, que explican las relaciones existentes entre el
individuo y el Otro, en el arduo camino de la construcción de la identidad
personal. De singular importancia son las ideas que expresa en torno al hombre
y la sociedad, fundamentalmente en los textos Tótem y tabú y El malestar en
la cultura. (13).
En relación a esos escritos,
Rey-Flaud puntualiza que El malestar en
la cultura, “se nos presenta como el despliegue de las tesis
metapsicológicas de Freud a escala de la comunidad humana” y que en su
conjunto, los dos textos citados en el párrafo anterior “articulan una lógica
subjetiva cuyas conclusiones, retrospectivamente, se revelan premonitorias” (14)
El vínculo entre autoridad y
naturaleza humana pasa por determinar el grado de libertad con que el individuo
se va a desenvolver en la sociedad y la forma en que este se relaciona con sus
semejantes. La calidad del vínculo que se crea entre los seres humanos
pareciera ser una preocupación común a todas las culturas, presente tanto en
Occidente como en Oriente.
Si
la libertad es la fuerza motora de las actividades humanas, que obligadamente
se desarrollan en un ámbito social, las relaciones que se generan deben contar,
como ya se dijo, con un tercero que medie ejerciendo una autoridad, sea de
manera personal o mediante un mandato. De no ser así, la relación pasa a
constituir una de “dominante” y “dominado”, en donde la autoridad es propia
sólo a uno de ellos. Esa
autoridad, que forma
parte de la cultura,
deja al individuo, como lo expresa Rey–Flaud,
“en la misma situación que la paloma de Kant, que, irritada por el aire que
dificulta su vuelo, ignora que sin el aire, no se plantearía la posibilidad de
volar”. (15). Sin la cultura, materializada entre otros aspectos en el ejercicio de la autoridad, el hombre no
puede sobrevivir.
La
dimensión originaria de la autoridad.
Hasta ahora se ha visto que la “autoridad”,
se asocia a la idea de poder, de reconocimiento y sumisión y que en su
ejercicio interviene la concepción de la naturaleza humana, particularmente, en
las relaciones que se establezcan entre individuos. Por ello y considerando el rechazo que genera el ejercicio de la
autoridad para algunos sujetos, resulta de interés estudiar su origen más allá de
lo estrictamente formal, de construcciones culturales, y en el ámbito de la
vida cotidiana.
Judith Butler, siguiendo la idea de
Foucault respecto a que el poder también forma al sujeto, lo que implicaría que
este se construye en el sometimiento, emprende en su obra Mecanismos psíquicos del poder (16), un fundamentado análisis que
relaciona al sujeto, poder, reconocimiento y subordinación.
Hegel, en su obra Fenomenología del espíritu, al describir
el acercamiento a la libertad
por parte del
esclavo, aborda el
problema del sometimiento y la manera
que este se
forma en la subordinación, creando
un vínculo de dependencia mutua. (17)
Por otra parte, Nietzsche postula
que “el sujeto es formado por una voluntad que se vuelve contra sí
mismo, adoptando una forma reflexiva”, coincidiendo con el psicoanálisis, que
nombra a un sujeto que es formado y subordinado simultáneamente, emergiendo con
vínculos pasionales con aquellos de quien depende de manera vital. (18)
Aplicando lo expuesto al caso de un ser humano recién
nacido, la dependencia que tiene de su madre es tal, que el vínculo establecido
lo deja vulnerable y absolutamente sometido. Su posición no puede ser otra.
Es posible inferir que esta “subordinación originaria”, de
no ser aceptada (si fuese posible hacerlo) conlleva la muerte, por lo que constituye
una condición de base en la formación del sujeto, como sometimiento. “La
subordinación demuestra ser esencial para el devenir del sujeto. En tanto
condición para devenir sujeto, la subordinación implica una sumisión
obligatoria” (19). A lo que se podría agregar en este caso, que quien
constituye la autoridad y en consecuencia detenta el poder, es la madre y no
requiere del reconocimiento de quien es sometido.
Desde otra perspectiva, y siempre en
el ámbito de la autoridad, resulta interesante analizar la naturaleza del
vínculo que la madre establece con su infante. Ella pasa a constituir autoridad
por derecho propio; nadie la nombra ni le atribuye un poder que no sea el
proveniente de su propia maternidad. Lo asume y ejerce naturalmente en forma
indisputable. Es la autoridad “per se”, que explicaría el poder que mantiene, de
por vida, frente a su descendencia. Se podría postular que este poder, que
tiene su origen en el amor, junto al basado en la fuerza y el fundado en
aspectos espirituales, conformarían los poderes “básicos” mediante los cuales
se puede doblegar la voluntad del ser humano.
Expresado lo anterior, es posible
suponer que el sometimiento del individuo a la
autoridad debería ser una
condición fácilmente aceptada, dada su presencia desde el nacimiento y durante
la formación de su identidad.
En relación al reconocimiento de la
autoridad, y en el ámbito de la constitución del sujeto, no menos importante es
el rol del padre. Este interviene en el vínculo autoridad – sometido, formado
por la madre y el hijo, en la forma de una ruptura.
Anatrella, en su obra La diferencia prohibida, (20) atribuye
al deterioro de la imagen
del padre como el origen de violencia juvenil, afectando a la educación y provocando
una crisis de interioridad en los individuos, por la ausencia de referencias próximas
y objetivas.
Si a lo anterior se agrega la
pérdida, en forma total o parcial de los referentes proporcionados por el
cristianismo, y al estamento político con baja credibilidad y prestigio, el
ejercicio de la autoridad queda ausente de la vida social y las referencias
quedan remitidas a leyes acordadas por representantes de toda la ciudadanía, lo
que es discutible, olvidando que “el funcionamiento y regulación de la sociedad
depende, en primer lugar de las diferentes significaciones antropológicas a
partir de las cuales se ha construido; no se pueden reducir a una cuestión de
derechos”. (21)
La negación de la autoridad por
parte de la sociedad, es un contrasentido, ya que el individuo es formado en el
sometimiento, que implica la presencia de ella. Es posible suponer, que esa
negación proviene de la rebeldía propia del ser humano, que rechaza la
imposición de límites, de la misma manera que rechaza la cultura, tal como lo
describe Freud en su obra ya citada. (22)
Pero
de la misma manera que el individuo rechaza la cultura a sabiendas que la
necesita para sobrevivir, aceptándola finalmente, tiene que aceptar la presencia
de la autoridad, elemento indispensable que, parafraseando a Hannah Arendt,
constituye el fundamento de la continuidad y progreso de la civilización.
Conclusiones
La autoridad es un concepto que ha
estado permanentemente presente en la historia y su propósito es obtener o
doblegar la voluntad de un individuo o individuos, en forma voluntaria u
obligada, para lograr un fin determinado. El ejercicio de ella
ha tenido como
respaldo dos
fuentes de poder:
el místico o espiritual y la fuerza. Una tercera
fuente de poder proviene del impulso amoroso, sea como amor sensual o de fin
inhibido.
La
autoridad supone el reconocimiento de ella por parte del sujeto, lo que implica
su sometimiento. El poder basado en la fuerza es el único que no requiere
necesariamente ser reconocido.
La autoridad está presente en el ser
humano desde que nace y la constitución del sujeto se efectúa en el
sometimiento. En esa realidad, es una condición originaria.
Autoridad
no implica violencia, pero si contar con un poder que la respalde.
La presencia y ejercicio de la
autoridad es absolutamente indispensable para la supervivencia, continuidad y
progreso de la civilización.
Referencias y
citas
(1) Diccionario de la Lengua española. Real Academia Española. Vigésimo
segunda edición.
(2) Autoridad. (Del lat. auctorĭtas, -ātis).
(3) Preterossi Geminello, Autoridad, Buenos Aires, Nueva Visión
2002, p.5 y 6.
(4) Diccionario de la Lengua
española. Real Academia Española. Vigésimo segunda
edición.
(5) Freud Sigmund, El malestar en la cultura. Obras completas, Madrid,
Biblioteca Nueva
1996,
p.3040 y 3041.
(6) Le Bon Gustave The Crowd , New York, The Macmillan Co. 1896, p
166.
(7) Freud Sigmund. Obras Completas
Tomo III. Biblioteca
Nueva, Madrid 1996. p. 2578
(8) Pringle Heather. El plan maestro, Buenos Aires, Debate.
2008.
(9) Salazar Alonso. “Sicarios. Una mirada a las
violencias colombianas”. p. 105. En
Movimientos juveniles en América latina.
Pachuchos, balandros, punketas.
Carles
Feixa,
Fidel Molina y Carles Alsinet. Ariel, España 2002.
(10) Arendt Hannah, What is authority? en Between Past and Future. New York, The
Viking Press 1961
(11)
Ibid. p. 92 y 93.
(12)
Ibid. p. 95
(13) Freud Sigmund, Obras completas, Madrid, Biblioteca
Nueva 1996
(14) Rey-Flaud Henry.
Fundamentos metapsicológicos de El malestar en la cultura, en
Sobre el malestar en la cultura de Sigmund
Freud, Nueva Visión, Buenos Aires, 2004,
p.11
(15) Rey-Flaud. Op.cit. p. 27
(16) Butler.Judith, Los mecanismos psíquicos del poder,
Madrid, Ediciones Cátedra 2001.
(17) Marcuse Herbert A study on Authority, London, Verso,
2008, p. 65 y 66
(18) Butler. Op. cit. p.17
(19) Ibid. p.18
(20) Anatrella
Tony, La
diferencia prohibida, Madrid, Ediciones Encuentro, 2008.
(21) Ibid. p. 34
(22) Freud. Op. cit.
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