viernes, 9 de noviembre de 2012

Ponencia Congreso Antropología: Autoridad, poder, reconocimiento y subjetivación.


Autoridad, poder, reconocimiento y subjetivación. Una visión occidental. Ponencia en el Tercer Congreso Latinoamericano de Antropología ALA 2012. Santiago de Chile, 5 al 10 de noviembre 2012.
Introducción
Crisis de autoridad. Con frecuencia se alude a esa expresión para explicar fenómenos sociales actuales, normalmente de carácter violento.
            Sin embargo, en la sociedad occidental, el concepto de autoridad ha sido ejercido por siglos y con atribuciones generalmente bien definidas, resultando confuso e incoherente aferrarse a una explicación basada en una “crisis de autoridad”.
            La “autoridad” se vincula al concepto de “poder”, abriendo un espacio de discusión sobre los alcances y efectos que lo que significa “tener poder”. Por otro lado, normalmente se omite mencionar una condición fundamental relacionada con la autoridad, que es la “sumisión”, voluntaria o involuntaria a ella. Esto último introduce una nueva variable en la relación “autoridad” y “sumisión”, que es el grado de “reconocimiento” que los individuos tengan respecto a la autoridad.      
La argumentación filosófica en relación al poder y autoridad es de larga data y es posible citar posturas de numerosos pensadores que se han referido al tema. Sin embargo, a fines del siglo 19, con las teorías formuladas por Darwin y aquellas relacionadas con el inconsciente divulgadas por Freud, se introducen en la discusión elementos que cuestionan los planteamientos aceptados hasta ese momento, añadiendo la dimensión psíquica a la discusión.
La presente ponencia versará sobre la relación entre autoridad, poder, reconocimiento y sumisión, señalando algunas definiciones, para continuar con un análisis del poder, relacionándolo con el reconocimiento que el individuo o la comunidad pueden tener hacia él. Seguidamente se mencionarán algunos factores de la sociedad occidental actual que influyen en el ejercicio de la autoridad, para finalizar con los vínculos autoridad-sumisión que surgen desde el ámbito psíquico de las personas. 
Autoridad y poder. Definiciones.
El diccionario de la Real Academia Española (1) señala que la palabra “autoridad” proviene del latín y contiene cuatro acepciones relacionadas al tema que nos ocupa (2).
En su obra “Autoridad”, Preterossi (3) hace un detallado análisis del término “auctoritas”, del cual se puede concluir que la definición de autoridad estaría bastante depurada respecto a su significado original, limitándose, en la actualidad, a términos que la identifican con “poder”, “potestad”, “legitimidad”, “prestigio” y  “crédito”.
En cuanto al “poder”, conforme al Diccionario ya citado, está definido en términos de “fuerza”, “capacidad” y “poderío”. Este, para que actúe como tal, tiene necesariamente que ser aplicado sobre individuos, y en forma específica sobre su voluntad, buscando el sometimiento, sea en forma voluntaria o involuntaria, dependiendo ello del reconocimiento que el individuo haga del poder que se le intenta imponer. En ese contexto, es posible identificar dos fuentes básicas de poder: el que surge en el ámbito místico o espiritual, y el correspondiente a la fuerza.
El poder espiritual requiere del reconocimiento del individuo sometido hacia quien lo impone. Este poder puede ser negado en cualquier momento, si el afectado se desentiende o rechaza las motivaciones mediante las cuales aceptó someterse. Estas motivaciones están normalmente asociadas con recompensas o castigos que ocurrirían después de la muerte y por lo tanto, imposibles de comprobar.
            En relación al poder basado en la fuerza, no es necesario, para quien lo ejerce, ser reconocido  por  parte  de  quien  es  sometido.  Ante la negativa de ser  aceptado, sencillamente se le impone, pudiéndose utilizar la fuerza en sus diversos grados de manifestación.     
En la sociedad occidental se hace referencia a otros “poderes”, tales como el económico, moral y fáctico, además de aquellos propios de la organización del Estado: el ejecutivo, legislativo y judicial. Sin embargo, todos ellos están sujetos al reconocimiento y aceptación por parte del individuo “sometido”, y en el caso de los poderes del Estado, ellos se constituyen como tales sólo por tener como respaldo medidas coercitivas basadas, en último término, en la fuerza. Sin ella no tienen posibilidad de subsistir. Especial mención se debe hacer del poder denominado “fáctico”, que es el ejercido en virtud de la capacidad de influencia y vinculaciones que se posean. (4)
Por lo anterior, se puede postular que tanto la espiritualidad como la fuerza son los únicos “poderes” realmente efectivos, y sobre todo esta última, por cuanto no requiere reconocimiento del sujeto objeto de ella. Ambos actúan sobre la voluntad de los individuos, buscando doblegarla.
La historia y la realidad permiten vislumbrar un tercer tipo de poder “originario”, que también actúa sobre la voluntad de los individuos. Se trataría de un poder más restringido en su alcance, pero igualmente efectivo, consecuencia de un impulso amoroso, al cual se apela para conseguir un determinado propósito o efecto. Sin ser espiritual ni basado en la fuerza, este impulso, presente en la relación entre un hombre y una mujer, o entre padres e hijos, es una fuente de poder que doblega voluntades. En palabras de Freud sería el amor sensual en el primer caso y el amor de fin inhibido en el segundo (5).
Bases del poder. Las masas homogéneas
            El ejercicio de la autoridad requiere de un poder que la respalde para que esta sea efectiva y pueda imponer las normas que dicha autoridad debe hacer cumplir.     
            Sin olvidar al amor de meta inhibida y al sensual como orígenes de poder, prevalecen como fuentes principales de él, aquellos basados en la fuerza física y los propios del ámbito místico, relacionados a lo espiritual. La primera, la fuerza, es propia de la organización política de una sociedad, siendo materializada por una estructura de tipo castrense, que mediante la posesión de armas y la facultad del empleo de ellas, proporciona al conductor político el respaldo necesario para el ejercicio de su función. En las sociedades organizadas, este poder usualmente es de tipo monopólico, además de constituir y representar a la violencia legítima.
En el caso del poder asociado al orden espiritual, este se fundamenta en conceptos abstractos, generalmente formalizados por representaciones rituales. El “poder espiritual” es un poder que actúa en la psiquis del individuo y normalmente busca un alcance universal.
Las dos fuentes de poder ya individualizadas, la fuerza física y el espiritual, son propios de organizaciones que Le Bon, en su obra “The Crowd”, (6) denomina como “masas homogéneas”, clasificación en la que están insertas las estructuras militares y sacerdotales. 
            Freud, en su obra “Psicología de las masas y análisis del yo”, (7) recurre a la obra de Le Bon ya citada, y se pronuncia con detalle respecto a las características de estas masas homogéneas, analizando su orden y conformación, pero por sobre todo, los lazos libidinales que le dan la cohesión y su efectividad para actuar como grupo.
            Conforme a Le Bon, las organizaciones políticas poseen una estructura más básica que las castrenses y sacerdotales, permitiendo aventurar el origen de la tendencia de  lo político  a apropiarse  o controlar  a lo militar, y  la pugna existente entre la Iglesia y Estado, tema que provocó y aún provoca en algunas naciones, la discusión respecto a la separación de ambos estamentos.
La experiencia histórica de partidos políticos, que han creado organizaciones para obtener el poder de la fuerza o el espiritual, no ha sido buena. Por mencionar un ejemplo, el nacional socialismo alemán, que logró armar una organización paramilitar motivada por construcciones culturales de orden étnico, basadas en interpretaciones antojadizas de la mitología e historia de los antiguos pueblos germanos, como lo describe Pringle, en su obra El plan maestro (8).  
La estructura que detenta la fuerza, el único poder que no requiere el reconocimiento del Otro, necesariamente debe poseer una organización jerárquica con un “ethos” que contenga las acciones de los individuos que la integran, sea conformada por miembros rigurosamente seleccionados, adoctrinados y entrenados y adicionalmente, cuente con métodos eficaces que permitan el estricto cumplimiento y control de la legalidad a la que está sometida, única manera de asegurar el correcto empleo de la violencia legítima, que requiere y demanda la sociedad.       
Algunos factores que afectan el ejercicio de la autoridad.
Salazar, en su ensayo Sicarios. Una mirada a las violencias colombianas, (9) señala factores que dicen relación con la presencia y el ejercicio de la autoridad frente a la violencia.
Uno de ellos es la conformación del Estado-Nación. La autoridad de un gobierno descansa en el ejemplo que  proyecta  y  fundamentalmente, en el apego a las normas que debe hacer cumplir. En la medida que la percepción ciudadana es negativa respecto a lo anterior, la autoridad se debilita y con ello se promueve al desorden.
Un segundo factor lo constituye la pérdida del control religioso. En la sociedad occidental, la Iglesia Romana fue un factor determinante en la formación moral de la sociedad, imponiendo normas y conductas que regulaban el comportamiento social, incluso en Estados no confesionales. Por medidas que degradaron la componente “espiritual y mística” de la Fe, amplios sectores de la población abandonaron su religiosidad o migraron hacia otras confesiones, que no contaban con una doctrina u organización consolidada como la Iglesia de Roma.
Como un tercer factor está la perversión de  la  política  y  de  los  partidos, que como medios de expresión ciudadana, han perdido su credibilidad y prestigio. El estamento político impone el discurso “políticamente correcto”  por  sobre lo que dicta el sentido común,  tergiversando la realidad y creando ficciones que a veces insultan al intelecto. En la medida en que la participación ciudadana a través de los partidos políticos no es eficaz, la institucionalidad de una nación se debilita, hecho que afecta directamente al ejercicio de la autoridad.
Otro factor que incide negativamente en el rol de la autoridad, es la presencia de organizaciones ilegales, generalmente vinculadas con actividades de muy alta rentabilidad monetaria. Entre ellas se destaca el narcotráfico, que tiene alcances delictivos, sociales, económicos y culturales. Su poder de corrupción es en todas las direcciones posibles al interior de la sociedad, incluyendo a quienes ejercen algún tipo de autoridad, haciendo difícil su y erradicación.
Un quinto factor es la pérdida de eficacia de las instituciones socializadoras propias de Occidente, donde la difusión de la cultura se ha hecho tradicionalmente mediante la familia, la iglesia y la escuela. En estas tres instituciones observamos elementos comunes, tales como normas, conductas, aporte al intelecto y autoridad.
Hannah Arendt  y  la autoridad
Al referirse a la Autoridad no es posible dejar de mencionar a Hannah Arendt, que en su ensayo ¿Qué es Autoridad? (10), sugiere preguntarse “que era” la autoridad en lugar de “que es”, en atención a que considera que ha desaparecido en el mundo moderno. Arendt agrega que, dado que la autoridad siempre demanda obediencia, normalmente se confunde  con  una forma de poder violento, enfatizando  que  cuando  se  emplea  la  fuerza  para  lograr  la  obediencia, significa que la autoridad ha fallado. (11) Autoridad no es sinónimo de violencia.
Por otro lado, si se apela a la persuasión, ello implica que no hay autoridad presente, por cuanto se trata de una relación entre iguales, que no necesariamente culmina en un acuerdo o decisión. En el ejercicio de la autoridad no hay argumentación.
De la autoridad se esperan decisiones y resoluciones, que se materializan en determinados actos. En este contexto, Arendt sólo considera como poder a la fuerza y su manifestación como violencia física.
Sin embargo, como se ha visto, hay otras fuentes de poder propias del ser humano: la de orden místico o espiritual y la proveniente de los sentimientos, en particular del amor. La autoridad se puede imponer sin apelar a la violencia física. La presencia, una mirada, palabra, acción u omisión, pueden tener el efecto necesario para imponer o rechazar el acto de un sujeto que reconoce una jerarquía.
En el ensayo ya citado, Hannah Arendt asocia la pérdida de la autoridad al olvido de la tradición, fundamentando esa postura en la renuncia a la memoria, la que considera como medida de la profundidad de la existencia humana. A lo anterior, agrega que la autoridad, basada en el pasado, dio al mundo la permanencia y durabilidad que necesitan los humanos, precisamente “porque son mortales y los seres más inestables e inútiles que se conocen”. (12)
Hannah Arendt, enfatiza la importancia de lo que denomina la “trinidad romana”, compuesta por la religión, autoridad  y tradición, atribuyéndole el soporte de la evolución y desarrollo de la cultura cristiana-occidental, agregando que la decadencia de Occidente, no es otra cosa que la declinación de la ya citada “trinidad”, en la que la religión, ligaba el presente con el pasado; la autoridad, que se nutría de la sabiduría de los ancestros, y la tradición, que se encargaba de transmitirlo.    
Quizás la respuesta a la “crisis de autoridad en Occidente” está en redoblar los esfuerzos por intentar comprender la naturaleza humana valorando el pasado, lo conocido, como cimiento del futuro. Para algunas culturas, el pasado es lo que está al frente, lo que se ve, lo relevante, y el futuro está por la espalda, fuera de la vista, lo incierto.  
Naturaleza humana y autoridad
            Como se expuso, el concepto de autoridad, está en términos de “poder” y con la participación de un “dominante” y un “dominado”. La presencia de la autoridad, siempre implica un grado de pérdida de libertad del individuo, que la acepta en cuanto sea conveniente para sus intereses. La presencia de un “tercero”, representado por normas, costumbres o leyes, resulta absolutamente necesaria para obligar a los individuos a observar lo que entre ellos han pactado, y ese ordenamiento, requiere de un poder que lo haga efectivo.
            La medida en que esa autoridad y el poder deben intervenir en la sociedad, está en un ámbito absolutamente subjetivo y depende de la posición, sea individual, colectiva o que artificialmente se imponga, frente al tema de la naturaleza humana, que ha sido fuente de discusión y punto de partida del pensamiento de la gran mayoría de los filósofos, con posturas que van desde que el hombre es intrínsecamente bueno a exactamente lo contrario.
            Simplificando el concepto, la naturaleza humana sería el conjunto de características que los seres humanos tienen en común. Históricamente se ha analizado el comportamiento humano en el ámbito de sus relaciones con otros individuos, en el marco de eventos y circunstancias del momento.
Consecuentemente, no es posible construir una postura única que relacione naturaleza humana, sociedad y autoridad. De hecho, cada individuo tiene su opinión al respecto, normalmente cimentada en sus propias vivencias.
La variabilidad de las posiciones no guarda relación con la cultura, sino que más bien con la época y circunstancias. Por ello, parece de toda lógica, que el estudio de la naturaleza humana se remita a experiencias originarias que sean comunes a todos los hombres y en lo posible, alejadas de toda construcción cultural.
            Por lo expresado, cobran absoluta validez las teorías freudianas, que explican las relaciones existentes entre el individuo y el Otro, en el arduo camino de la construcción de la identidad personal. De singular importancia son las ideas que expresa en torno al hombre y la sociedad, fundamentalmente en los textos Tótem y tabú y El malestar en la cultura. (13).
            En relación a esos escritos, Rey-Flaud puntualiza que El malestar en la cultura, “se nos presenta como el despliegue de las tesis metapsicológicas de Freud a escala de la comunidad humana” y que en su conjunto, los dos textos citados en el párrafo anterior “articulan una lógica subjetiva cuyas conclusiones, retrospectivamente, se revelan premonitorias” (14)      
            El vínculo entre autoridad y naturaleza humana pasa por determinar el grado de libertad con que el individuo se va a desenvolver en la sociedad y la forma en que este se relaciona con sus semejantes. La calidad del vínculo que se crea entre los seres humanos pareciera ser una preocupación común a todas las culturas, presente tanto en Occidente como en Oriente.
Si la libertad es la fuerza motora de las actividades humanas, que obligadamente se desarrollan en un ámbito social, las relaciones que se generan deben contar, como ya se dijo, con un tercero que medie ejerciendo una autoridad, sea de manera personal o mediante un mandato. De no ser así, la relación pasa a constituir una de “dominante” y “dominado”, en donde la autoridad es propia sólo a uno de ellos. Esa  autoridad,  que  forma  parte de  la  cultura,  deja  al individuo,  como lo expresa Rey–Flaud, “en la misma situación que la paloma de Kant, que, irritada por el aire que dificulta su vuelo, ignora que sin el aire, no se plantearía la posibilidad de volar”. (15). Sin la cultura, materializada entre otros aspectos  en el ejercicio de la autoridad, el hombre no puede sobrevivir.
La dimensión originaria de la autoridad.
            Hasta ahora se ha visto que la “autoridad”, se asocia a la idea de poder, de reconocimiento y sumisión y que en su ejercicio interviene la concepción de la naturaleza humana, particularmente, en las relaciones que se establezcan entre individuos. Por ello y considerando el rechazo que genera el ejercicio de la autoridad para algunos sujetos, resulta de interés estudiar su origen más allá de lo estrictamente formal, de construcciones culturales, y en el ámbito de la vida cotidiana.
            Judith Butler, siguiendo la idea de Foucault respecto a que el poder también forma al sujeto, lo que implicaría que este se construye en el sometimiento, emprende en su obra Mecanismos psíquicos del poder (16), un fundamentado análisis que relaciona al sujeto, poder, reconocimiento y subordinación.
            Hegel, en su obra Fenomenología del espíritu, al describir el acercamiento a  la  libertad  por  parte  del  esclavo,  aborda  el  problema  del  sometimiento y la    manera   que  este  se  forma   en  la  subordinación,  creando  un  vínculo  de dependencia  mutua. (17)  Por otra parte,  Nietzsche  postula   que “el sujeto es formado por una voluntad que se vuelve contra sí mismo, adoptando una forma reflexiva”, coincidiendo con el psicoanálisis, que nombra a un sujeto que es formado y subordinado simultáneamente, emergiendo con vínculos pasionales con aquellos de quien depende de manera vital. (18)
Aplicando lo expuesto al caso de un ser humano recién nacido, la dependencia que tiene de su madre es tal, que el vínculo establecido lo deja vulnerable y absolutamente sometido. Su posición no puede ser otra.
Es posible inferir que esta “subordinación originaria”, de no ser aceptada (si fuese posible hacerlo) conlleva la muerte, por lo que constituye una condición de base en la formación del sujeto, como sometimiento. “La subordinación demuestra ser esencial para el devenir del sujeto. En tanto condición para devenir sujeto, la subordinación implica una sumisión obligatoria” (19). A lo que se podría agregar en este caso, que quien constituye la autoridad y en consecuencia detenta el poder, es la madre y no requiere del reconocimiento de quien es sometido.
            Desde otra perspectiva, y siempre en el ámbito de la autoridad, resulta interesante analizar la naturaleza del vínculo que la madre establece con su infante. Ella pasa a constituir autoridad por derecho propio; nadie la nombra ni le atribuye un poder que no sea el proveniente de su propia maternidad. Lo asume y ejerce naturalmente en forma indisputable. Es la autoridad “per se”, que explicaría el poder que mantiene, de por vida, frente a su descendencia. Se podría postular que este poder, que tiene su origen en el amor, junto al basado en la fuerza y el fundado en aspectos espirituales, conformarían los poderes “básicos” mediante los cuales se puede doblegar la voluntad del ser humano.  
            Expresado lo anterior, es posible suponer que el sometimiento del individuo a la  autoridad debería ser  una condición fácilmente aceptada, dada su presencia desde el nacimiento y durante la formación de su identidad.
            En relación al reconocimiento de la autoridad, y en el ámbito de la constitución del sujeto, no menos importante es el rol del padre. Este interviene en el vínculo autoridad – sometido, formado por la madre y el hijo, en la forma de una ruptura.
            Anatrella, en su obra La diferencia prohibida, (20) atribuye al deterioro de la imagen del padre como el origen de violencia juvenil, afectando a la educación y provocando una crisis de interioridad en los individuos, por la ausencia de referencias próximas y objetivas.
            Si a lo anterior se agrega la pérdida, en forma total o parcial de los referentes proporcionados por el cristianismo, y al estamento político con baja credibilidad y prestigio, el ejercicio de la autoridad queda ausente de la vida social y las referencias quedan remitidas a leyes acordadas por representantes de toda la ciudadanía, lo que es discutible, olvidando que “el funcionamiento y regulación de la sociedad depende, en primer lugar de las diferentes significaciones antropológicas a partir de las cuales se ha construido; no se pueden reducir a una cuestión de derechos”. (21)
            La negación de la autoridad por parte de la sociedad, es un contrasentido, ya que el individuo es formado en el sometimiento, que implica la presencia de ella. Es posible suponer, que esa negación proviene de la rebeldía propia del ser humano, que rechaza la imposición de límites, de la misma manera que rechaza la cultura, tal como lo describe Freud en su obra ya citada. (22)
            Pero de la misma manera que el individuo rechaza la cultura a sabiendas que la necesita para sobrevivir, aceptándola finalmente, tiene que aceptar la presencia de la autoridad, elemento indispensable que, parafraseando a Hannah Arendt, constituye el fundamento de la continuidad y progreso de la civilización.           
Conclusiones
            La autoridad es un concepto que ha estado permanentemente presente en la historia y su propósito es obtener o doblegar la voluntad de un individuo o individuos, en forma voluntaria u obligada, para lograr un fin determinado. El ejercicio  de  ella  ha  tenido  como  respaldo  dos  fuentes  de  poder:  el  místico o espiritual y la fuerza. Una tercera fuente de poder proviene del impulso amoroso, sea como amor sensual o de fin inhibido.
La autoridad supone el reconocimiento de ella por parte del sujeto, lo que implica su sometimiento. El poder basado en la fuerza es el único que no requiere necesariamente ser reconocido.
            La autoridad está presente en el ser humano desde que nace y la constitución del sujeto se efectúa en el sometimiento. En esa realidad, es una condición originaria.
Autoridad no implica violencia, pero si contar con un poder que la respalde.
            La presencia y ejercicio de la autoridad es absolutamente indispensable para la supervivencia, continuidad y progreso de la civilización.  
Referencias y citas
(1) Diccionario de la Lengua española. Real Academia Española. Vigésimo segunda edición.
(2) Autoridad. (Del lat. auctorĭtas, -ātis).
1. f. Poder que gobierna o ejerce el mando, de hecho o de derecho.
2. f. Potestad, facultad, legitimidad.
3. f. Prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por legitimidad o    por su calidad y competencia en alguna materia.
4. f. Persona que ejerce o posee cualquier clase de autoridad.
(3) Preterossi Geminello, Autoridad, Buenos Aires, Nueva Visión 2002, p.5 y 6.
(4) Diccionario de la Lengua española. Real Academia Española. Vigésimo segunda
       edición.
(5) Freud Sigmund, El malestar en la cultura. Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva
     1996, p.3040 y 3041.  
(6) Le Bon Gustave The Crowd , New York, The Macmillan Co. 1896, p 166.
(7) Freud Sigmund. Obras Completas Tomo III. Biblioteca Nueva, Madrid 1996. p. 2578
(8) Pringle Heather. El plan maestro, Buenos Aires, Debate. 2008.
(9) Salazar Alonso. “Sicarios. Una mirada a las violencias colombianas”. p. 105. En
      Movimientos juveniles en América latina. Pachuchos, balandros, punketas. Carles  
      Feixa, Fidel Molina y Carles Alsinet. Ariel, España 2002.
(10) Arendt Hannah, What is authority? en Between Past and Future. New York, The 
      Viking Press 1961
(11) Ibid. p. 92 y 93.  
(12) Ibid. p. 95
(13) Freud Sigmund, Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva 1996  
(14) Rey-Flaud Henry. Fundamentos metapsicológicos de El malestar en la cultura, en
       Sobre el malestar en la cultura de Sigmund Freud, Nueva Visión, Buenos Aires, 2004,
       p.11
(15) Rey-Flaud. Op.cit. p. 27
(16) Butler.Judith, Los mecanismos psíquicos del poder, Madrid, Ediciones Cátedra 2001.
(17) Marcuse Herbert A study on Authority, London, Verso, 2008, p. 65 y 66
(18) Butler. Op. cit. p.17
(19) Ibid. p.18
(20) Anatrella Tony, La  diferencia prohibida, Madrid, Ediciones Encuentro, 2008.
(21) Ibid. p. 34
(22) Freud. Op. cit.
 

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